La Rioja

                                                   Viernes, 7 de enero de 2005    
CULTURA
Ese maravilloso y viejo loco
No me tocaba. Hoy, el que esto suscribe no tenía que enfrentarse al papel en blanco, pero tras asistir como espectador al concierto de Franco Battiato no pude pegar ojo. Aquel tipo enjuto y más bien feo -¿qué narices!, feo, feo- que supo entremeterse en la banda sonora vital de mi adolescencia no merecía que le hiciera este feo (no hay manera, pero es lo que me sale). Ay, y yo que pensaba que Pietra Montecorvino me iba a conquistar. Quiá. Una nadería al lado de su paisano, un anciano extraterrestre, un zingaro del desierto en el frío páramo logroñes capaz de sorprenderse a sí mismo y quitarse sobre el escenario de Actual veinte años de encima. Un lujo para una ciudad como Logroño. Sólo por una noche así merece la pena todo un festival y si no que se lo pregunten al nutrido grupo de seguidores llegados de diversas partes de España.
Lo dicho: comenzó la noche entre los susurros desgarrados de la Pietra Montecorvino, una napolitana de armas tomar pero que no llegó a conectar con el numeroso público que ayer sí caldeaba las gradas del Palacio de los Deportes logroñés. Ni su particular O sole mio llegó a despertar al público.

Quedaba Battiato, que se aupó al escenario entre gritos de «Franco, Franco», con un soniquete que tenía su guasa histórica.

La gente le tenía ganas. Escoltado por un cuarteto de cuerda, los amantes del savoir faire musical del italiano se frotaban las manos y el resto de curiosos esperaba acontecimientos.

La cosa comenzo piano, piano. Los fans no hacían ascos a sus nuevos temas, pausados y melancólicos pero excelsos. Para los que no eran seguidores irredentos, el peligro del sopor acechaba en sus ojos. En ese momento, Battiato invitó al escenario a su compañero de 'correrías', el filósofo Malio Sgalambro, todo un personaje septuagenario que rindió al público con su versión de Le mer, tras interpretar al unísono La puerta del miedo a la muerte. Estas dos canciones rompieron el candado a la noche. A partir de ese momento, Battiato se lanzó a compartir recuerdos con los cientos de personas que aguardaban a pie de escenario su regalo de Reyes: Centro de gravedad y Animal fueron las espoletas para una noche mágica. Uno tenía la sensación de estar sacando de la funda de aquel disco de color verde, que contenía sus canciones en castellano, el viejo vinilo plagado de estribillos y alegrías de vivir pese a los pesares. En esas estábamos tras una hora de concierto cuando Battiato provocó el mayor coitus interruptus jamás conocido. El italiano anunció el final del concierto y se retiró. Era una broma porque o nadie le había explicado lo que supuso aquel disco en España o estaba muy mayor. Miles de gargantas pedían más. «Franco, Franco», «otra, otra», «más, más». Y ahí estaba él, tras descargar la próstata o bien tomarse su pastillita de color azul. Salió, se desabrochó su chaqueta y ya no tomó asiento en la hora siguiente. Sí, han oído bien, porque a partir de ese momento Battiato fue el derviche que gira, ese maravilloso viejo loco que tema tras tema, canción tras canción, arrastró al público al delirio. No hubo tregua y yo no tengo más espacio que para clamar: ¿Están locos estos italianos!




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