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     jueves 3 de julio de 2003

  BATTIATO SE ESCORA HACIA EL ROCK   


  Franco Battiato llegó, tocó y venció. En su concierto de Salamanca agarró un repertorio escorado hacia el rock áspero de factura vanguardista, ese rock con aristas y con guitarras que parecen plantas carnívoras que ha ido depositando en sus discos de los noventa «Caffé de la paix» (94), «La emboscata» (96) y sobre todo en el luminoso e hiriente «Gommalacca» (98). Un cancionero para iniciados en su obra que puede descolocar a los que esperan toparse con un Battiato apaciguado por los años y artesano de canciones impregnadas de suavizante y quietud. Nada de eso. En el escenario prorrumpió un entusiasmado Battiato cada vez más mayor y milagrosamente cada vez más rockero. La estupefacción arrancó cuando el Maestro levantaba el telón con «Shakleton». A partir de ahí un repertorio habitado de canciones que dirimen a dentelladas cuál es de ellas la más capacitada para adquirir el rango de «la mejor de todas» («Strani giorni», «Shock in my town», «Caffé de la paix», «Atlantide», «Il mantello e la spiga», «La cura», «Lode all’Inviolato», «Auto de fe»). Dejó para el final su repertorio de oro, las canciones que le donaron notoriedad en los ochenta («Bandera blanca»,«Gli uccelli» «Yo quiero verte danzar», «Nómadas», «Cucurrucucu») y que ahora las devuelve lustrosas y jóvenes gracias a pasarle un paño de vanguardia y osadía. El nómada logró devolvernos la sempiterna sensación. Uno lo ve y se le incrusta la certeza de que está contemplando a alguien que ya está instalado en la leyenda. No es una hipérbole. Es una constatación. Una leyenda en envidiable estado de forma.