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domingo 28 de octubre de 2001
  Espectáculos>>Música  

Battiato, la mística de lo sublime

Por Antonio ROJAS

Concierto de Franco Battiato. Lugar: Teatro Albéniz Fecha: 26 de octubre.

Se habían encendido ya las luces del teatro, dando por acabado el concierto, pero el público se negaba a abandonar el local, aclamando al héroe de la noche y reclamando insistentemente su presencia.
El músico siciliano Franco Battiato, fotografiado en Madrid. Efe
El músico siciliano Franco Battiato, fotografiado en Madrid. Efe
Y Franco Battiato, que había interpretado ya tres bises anteriormente, se vio obligado a salir e improvisar un nuevo tema, con el auditorio puesto en pie. Volvía a recalar el músico italiano en Madrid, dentro de la gira de presentación de su última entrega discográfica, titulada «Hierro forjado», y en el marco del Festival de Otoño 2001. Como en anteriores visitas, cosechó un soberano triunfo. Después de varias décadas sobre el escenario, experimentando con los sonidos más diversos y haciendo todas las músicas imaginables, al margen de las modas, Battiato sigue siendo capaz de sorprender y de cautivar a nuevas y jóvenes generaciones, que se entregan a él como si de un artista novel se tratara.

Amparado en el sólido armazón de unas letras cargadas de profunda literatura, rebosantes de poesía, Battiato se aventura con toda seguridad por los caminos que le son más familiares, como el pop o la canción ligera, pero también se precipita sin miedo por el rock progresivo o las experimentaciones electrónicas. Crea allí donde actúa una envolvente atmósfera en la que la audiencia se abandona como atraída por el poder de los campos magnéticos. Consigue que, al escucharlo, uno desee perderse en un interminable vuelo entre las estrellas a las que se canta o sumergirse en las olas del mar que en uno de los temas se reproducen.

Battiato lleva tiempo colaborando con el filósofo italiano Manlio Sgalambro, su principal cómplice en las últimas aventuras musicales y teatrales. En un momento del espectáculo, el músico de Catania se ausentó del escenario y dio paso a su alter ego, un individuo de pelo cano, con aspecto de profesor universitario, que debía interpretar cuatro canciones. Y Sgalambro nos retrotrajo a otros tiempos, cuando interpretó en un árido francés el clásico «La vie en rose». Después, para regodeo de todos, se atrevió, con la complicidad de una divertida audiencia, con el último éxito de Manu Chao.

El intervalo que protagonizó Sgalambro no rompió en absoluto la magia que se había creado entre intérprete y espectadores. En todo caso, contribuyó a aumentarla. Sonaron entonces los grandes éxitos que jalonan la dilatada carrera de este original creador con pintas de excéntrico científico. Y todos sentimos que, aun con los pies en la tierra, continuaba nuestro exótico vuelo.

Cuando la actuación llegó a su fin, nadie parecía dispuesto a romper el estado de gracia en que se hallaba. Si se trataba de un sueño, había que dejarlo dormir plácidamente. Por eso nadie quiso abandonar el local hasta reencontrarse de nuevo con el protagonista de una velada que, a buen seguro, quedará para siempre en el recuerdo de todos los asistentes. De nuevo, Battiato había logrado el triunfo de la mística de lo sublime.