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Miércoles, 21 de diciembre de 2005
ESPECTÁCULOS
EDICIÓN IMPRESA - Música
CARICIAS DE CUERDA

LUIS MARTÍN

No es noticia que la música sea protagonista en el Teatro Real; sí lo es, en cambio, que lo sea la música popular. O eso, al menos, me ha parecido a mí este concierto que Franco Battiato, después de tres años y medio de ausencia de los escenarios españoles, ha ofrecido en días pasados en el recinto por excelencia de la música culta. Un espectáculo, por pasar a definir a grandes rasgos sus ingredientes, que, en sí mismo, es puritita incorrección estilística, estricta trasgresión de convenciones y fronteras. Y basta reparar, para darse cuenta, en la osadía que supone definir como lieder de la tradición clásica adaptaciones de Brahms y Beethoven, tan alejadas de los cánones del lied, como puedan estarlo de un ideario común los máximos representantes de una coalición política.

Entre el género operístico y el pop, con un pie en el rock sinfónico y otro en el género de la canción, lo que acaba proponiendo el siciliano Battiato es, en realidad, un compendio de piezas repletas de música musculosa, atrevida y directamente comunicativa, de una hibridez deliciosa y notablemente contagiosa. No en vano, hay que reconocerle que siempre fue un número uno recompensando las sensibilidades dañadas por los cantantes melódicos de medio mundo, y un cabeza de serie expresándose en órdenes instrumentales alternativos, ahora orquestales.

La Orquesta Filarmonía, dirigida por el pianista Carlo Guaitoli, permite un mejor brillo y un mayor efecto de caricia para con el repertorio con el que ahora trabaja Battiato. Espectaculares sonaron «La canzone dell´amore perduto», de Fabricio de Andrè, «L´oceano di slenzio» o «La porta dello spavento supremo». Y también algún que otro regalo cantado en castellano, como «Nómadas». Algunos de los textos que horman estas canciones son obra del poeta Manlio Sgalambro, que también tuvo su espacio recitando un poema acerca de la insularidad siciliana, y cantando un par de estándares como «La mer» y «La vie en rose».

Sin embargo, en el final, en el centro de esta desbordante cita, queda siempre Battiato; un hombre que canta sentado y que, sólo en los bises, se pone en pie con una abrasiva declaración de principios: «Vamos a quemar la noche». Battiato es una droga mucho más potente y saludable que cualquier otra de las que se venden en polvos o en pastillas, o de las que suenan en las radiofórmulas. Su versión de «La canción de los viejos amantes», de Jacques Brel, es de las que tocan el cielo. Escuchándole, no es difícil creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles.